Cuando se me eligió para escribir, este prólogo desde otro, continente y entre tantísimo candidato que habría impreso a la obra mayor pres-tancia, me abrumaron el honor y, más aún la responsabilidad; pero acepté sin titubear. Ante todo me movieron el respeto que me inspiran Los Amigos y su labor, como también me identifico y me proclamo latinoamericano y, en cuanto a tal, debe recibirse este mensaje. Nadie podría inculpar a autores de tal solvencia moral de imperialistas o de genocidas ni negar que revelan preocupación marcada. por los problemas de su país. No se intenta, pues, frenar la natalidad del mundo subdesarrollado para que no adquiriera beligerencia, compita en los mercados o necesite ayuda creciente, sino dondequiera ocasione daños. Mucho más interesa consagrar el derecho inalienable de las parejas a engendrar los hijos que deseen y de las mujeres a no sobrellevar o a no ser castigadas, en la expresión de los cuáqueres, con embarazos contra su voluntad, así como la obligación ineludible de contrariar la llegada de niños indeseados. En un asunto en que se han erigido los dogmatismos más tercos e irracionales, Los Amigos, de piedad fervorosa, opinan que la acción correcta de ayer puede no serlo hoy y convertirse en inapropiada mañana; que la ética es a menudo relativa y aplfcable a situaciones particulares y que la sanción religiosa, que antes se atribuyó a autoridad externa, puede ser ahora tan tradicional e ilógica como la superstición. El mismo afán de buscar verdades en permanente cambio y de analizar objetivamente los hechos se trasluce en otro trascrito: Towards a Quaker View of Sex, panfleto terso, casi desprovisto de admoniciones y de admirable honestidad.
Es un privilegio penetrar en el pensamiento de mentes tolerantes que no llevan a cuestas el pasado como carga gravosa que les impide avanzar.